En un mundo de absolutos y pensamiento dicotómico, la reflexión es un refugio. Un ensayo sobre el peligro de la polarización y la valentía de aceptar la incertidumbre.

Abro Twitter —o X, como insisten en que lo llamemos ahora, en un acto de rebranding que se siente tan torpe como definitivo— y el torrente de cada día me arrastra. Es una avalancha de certezas, un tsunami de posturas inamovibles. La gente parece tener una opinión tallada en mármol sobre absolutamente todo: la última serie de moda, una nueva ley, el tipo de café que es aceptable beber por la mañana. Lees una opinión y es un «esto es lo mejor que ha existido nunca». Inmediatamente después, su contraparte: «esto es una abominación que destruirá la civilización». No hay espacio para un «bueno, tiene sus cosas interesantes, aunque ciertos aspectos son problemáticos». Ese tipo de comentario, el matizado, el dubitativo, muere en el scroll. No genera clics, no aviva la hoguera. Es, para el algoritmo, un susurro en medio de un estadio de fútbol. Y últimamente, ese ruido me está dejando exhausto.

Vivimos en la era del blanco y negro. Una época que, paradójicamente, nos ha dado acceso a una cantidad infinita de información, pero que nos empuja a interpretarla con las herramientas más rudimentarias posibles. El pensamiento binario es la moneda de cambio. O estás conmigo o estás contra mí. O eres parte de la solución o eres parte del problema. O amas algo incondicionalmente o lo odias con todas tus fuerzas. Hemos convertido el espectro infinito de la experiencia humana en un interruptor de luz con solo dos posiciones: encendido o apagado. Y yo me pregunto: ¿dónde quedó el regulador de intensidad? ¿Dónde quedaron todos los tonos de gris?

El problema, sospecho, no es que la gente se haya vuelto inherentemente más simple o más extrema. Es que las plataformas donde conversamos están diseñadas para premiar esa simpleza. La brevedad de un tuit, la reacción instantánea de un like o un corazón, la propia lógica del algoritmo que promueve el contenido que genera más «engagement» —una palabra que casi siempre es un eufemismo para «conflicto»—, todo ello conspira para que el matiz sea invisible. Una opinión compleja, que reconoce las contradicciones de un tema, que admite la duda, no se puede empaquetar en 280 caracteres. Requiere tiempo, contexto y, sobre todo, la voluntad del otro de escuchar algo que no reafirme instantáneamente sus propias creencias. En este ecosistema, la duda no es vista como un signo de inteligencia, sino como debilidad. La reflexión es menos valiosa que la reacción.

Esta erosión del gris tiene consecuencias que van más allá de un timeline irritante. Envenena nuestra política, convirtiéndola en un deporte de equipos donde la lealtad a la camiseta importa más que la veracidad de los hechos o la sensatez de las propuestas. Fractura nuestras relaciones personales, haciéndonos incapaces de dialogar con amigos o familiares que no comparten nuestro catecismo ideológico al cien por cien. Y, lo que es quizás más sutil y peligroso, nos empobrece por dentro. Al negarnos el derecho a la ambigüedad, nos negamos una parte fundamental de lo que significa ser humano. Porque la vida, la vida real que transcurre fuera de las pantallas, es un festival de grises.

Crecer, madurar, no es otra cosa que aprender a vivir cómodamente en esos tonos intermedios. Es entender que se puede querer profundamente a alguien y, a la vez, sentirse frustrado por sus acciones. Es ser capaz de admirar el arte de una persona y, al mismo tiempo, criticar sus ideas. Es reconocer que una decisión política puede tener efectos positivos para un grupo y negativos para otro, y que ambas realidades son válidas y merecen ser consideradas. El pensamiento gris no es una renuncia a tener convicciones; al contrario, es la única forma de tener convicciones que valgan la pena. Una creencia que no ha sido puesta a prueba por la duda, que no ha sido examinada desde todos sus ángulos, no es una convicción: es un dogma.

Adoptar el gris no es un acto de pasividad o de equidistancia cobarde, como a menudo se caricaturiza. Es un acto de valentía intelectual. Es la decisión consciente de resistir la comodidad de las respuestas fáciles y de abrazar la complejidad del mundo. Es preferir la pregunta interesante a la respuesta definitiva. Es, en esencia, un acto de rebeldía contra un sistema que nos quiere predecibles, categorizables y, en última instancia, más fáciles de manipular.

Así que aquí estoy, intentando cultivar mi propio jardín de grises. En las conversaciones, trato de reemplazar el «pero» por el «y». «Entiendo tu punto, y también creo que…». Intento leer a quienes piensan radicalmente distinto a mí, no para encontrar fallos en su lógica, sino para intentar comprender el mundo desde sus ojos. Es un ejercicio a veces incómodo, a menudo frustrante. Pero en esos momentos de pequeña epifanía, cuando logras ver un fragmento del mundo en un tono de gris que no habías percibido antes, sientes una expansión. Un pequeño clic en el cerebro. Es el sonido, creo, de la verdadera libertad. Una libertad que no cabe en un tuit, pero que es la única que realmente importa.